La comunicación imposible

Intentos y otros

03 mayo, 2007

Hermosas hijas de...

Breve ensayo antológico -dizque psicoanalítico- sobre los legados familiares de tres poetas peruanas del nuevo siglo


En una cabaña finaliza un lío brutal.
- ¡Vete a la mierda!- le gritó su mamá a Caperucita.
Ella cargó su canastita
y no supo qué camino tomar.

Tilsa
Los jóvenes poetas construimos –como unos niños- nuestras personalidades a partir de la parodia y copia de nuestros padres (presentes o ausentes) y demás familiares, regresionando a los dichosos caminos de la infancia. A esto responden nuestros primeros poemas vivenciales (terapéuticos, parricidas y fraticidas), como una calle honda que se recorre muchas veces con la intención de encontrar algo olvidado por la memoria inmediata.
Por ello, a partir de una lectura ingenua y antojadiza, me atrevo a seleccionar a tres jóvenes poetas peruanas que han tocado de manera desacralizada el tierno espacio familiar. Reconozco que muchas de ellas lo hacen furibundamente, pero sin dejar de lado la precoz aceptación que la mejor manera de convertir a nuestros padres en nuestros hijos es “cortándoles la cabeza". Pero también hay en ellas la nobleza y severidad para estimar el hogar que tanto tiempo reprodujo el dolor o la felicidad de la herencia.
Bueno, sin ánimo de extenderme más sobre estos ejercicios de purificación, dejo ante los ojos críticos la discreción o acierto de este compendio poético mínimo.
Erika Almenara. Lima, 1978. Tiene publicado Reino cerrado (Santo Oficio, 2006)

IX.

Un nuevo golpe arremete,
soy solo el cuerpo
ya no hay más voces que la mía:
sin embargo,
adentro hay una guerra,
una guerra que se gesta desde la palabra no dicha.

¿Cómo debo entender tus ojos?
¿Tu cabello cano es en realidad cano?
Dime hija de quién soy,
cuerpo de quién soy.
(Reino cerrado)
Alexandra Tenorio Carranza. Lima, 1982. Ha publicado el libro de poesía porta/retrato (Campo de Gules, 2005).

Retrato (casa)

Mi madre deshoja la lechuga
inocente al paso de los días.
Mi papá lee el periódico
buscando buenas nuevas
y mi casa es un pequeño bunker
contra bombas.
Con demasiados espejos mentirosos.
Con secretos bajo las losetas.
Mi casa es un altar para almas
(por eso me persigno en las iglesias).
Mi abuelo tiene 99 años
ahora duerme
pero es un ciclón arrasa cosas.
Mi hermano ha crecido mucho
y es demasiado inteligente.
Mi casa,
donde siempre hay amigos y café
donde las paredes tienen micrófonos y audífonos
donde poner llave a la puerta es un pecado.
Mi casa,
donde se escribe mi vida
en los espacios blancos.
Es tan chica
tan grande
y tan chica de nuevo
que ya puedo quedar atrapada
entre sus cuartos.
Y yo,
que a veces soy una sombra
encendiendo luces
para llegar a algún lado.
(porta/retrato)
Romy Sordómez Patiño. Lima, 1982. Posee los siguientes libros: Vuelta alrededor del parque (Sociedad Elefante, 2001), Vacas negras en la noche (Sarita Cartonera, 2004) y Présago (Santo Oficio, 2005).

Quien sabrá
si de la madre de mi madre
herede el tamaño y la posición de sus lunares
como se hereda el cáncer al seno izquierdo
como se hereda la maternidad de dos crías
herede la sordera de su oído derecho
como se hereda la afición por la caza
como se hereda el judaísmo
herede su ceño fruncido
como se hereda la temprana edad de la muerte
como se hereda el sabor agridulce de la saliva.

Quién sabrá
si para mi deleite o mi fastidio
de la madre de mi madre
herede un nieto arqueólogo,
una nieta poeta
cuya única obsesión
sea hablar de la madre de su madre
encontrada muerta a los 63 años
en su vieja habitación de la calle Owen
o herede tan solo los lunares
la sordera
el ceño funcido.
(Vacas negras en la noche)

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