1. Roberto Zariquiey (Lima, 1979)

La mirada atenta del poeta permite descubrir y ennoblecer ciertos detalles que, para el escrutinio rápido del transeúnte, pasarían desapercibidos. Incluso, en medio de nuestra gran ciudad debemos ver más allá de lo superficial, para encontrar tesoros “escondidos” al ojo desatento: los aportes trascendentes de las personas que ya no están, el color de los jardines desaparecidos, las fuertes estructuras de las moradas que ya no están de pie. En este sentido, cualquier paraje se presta para la arqueología poética, para la rigurosidad de la contemplación. Allí encontramos a Roberto Zariquiey, buscando detrás de lo aparente con sutileza, con paciencia de arqueólogo (analogía nunca más acertada) para mostrarnos a nosotros, los torpes transeúntes, lo que está allí y saltamos inadvertidamente.
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Además de las imágenes, también el poeta debe tener conciencia de cómo trabajar las palabras, cómo afinar la voz que nos habla desde el poema, para situarnos en el lugar y en el momento único del poema: para decirnos lo justo y necesario. Así, Zariquiey ensaya pocos registros que apelan a construir personajes sólidos, como en su último libro, que incluso representan diferentes regiones del país.
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Con tres poemarios, Lo torpe (Corsafragil, 2001), Un charco en la otra cuadra (Corsafragil, 2004) y Tratado de arqueología peruana (PUCP, 2005), así como varios libros de estudios lingüísticos de culturas aborígenes selváticas, ha forjado una obra que, a pesar del largo silencio poético (después de Tratado de arqueología peruana -un libro imprescindible en la poesía peruana última), es sólida y auspiciosa. Nos gustaría encontrarlo nuevamente, ya consolidado.
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en Chavín de Huántar
uno puede escuchar a la pareja de muchachitos
que hace dos mil quinientos años
esquivando los cuidados de guardias y sacerdotes
llegó hasta la piedra ceremonial
para hacerse el amor
uno puede intuir las faldas levantándose
los senos abiertos ante la noche estrellada
las estelas y monolitos como ciegos observadores
(ambos se recuestan y sienten el frío de la roca
los pigmentos antiguos y frescos de sangre ya sacrificada
el calor de ese otro cuerpo recostado y ansioso)
uno puede presentir en Chavín de Huántar
mujeres y hombres orinando juntos
olor profundísimo a sexo
a miembro despierto de hombre
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no hay muertos en Chavín de Huántar
al menos no los suficientes
para borrar el perfume resinoso del amor
que hay en sus galerías y en sus muros
los cuerpos se aprietan todavía
a pesar de la antigua vigilancia de los guardias
y hierven como líquido sometido al calor
el sudor se bebe como chicha deliciosa
y el desenfreno es la natural manifestación
del mareo ardoroso de los vientres
hay arrechara en Chavín de Huantar
pero no todos los arqueólogos reunidos
podían darse cuenta
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(de Tratado de arqueología peruana)
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Cuando los muertos no son tan antiguos
Hacia una arqueología de lo contemporáneo
I
Yungay no está más en medio del callejón de Huaylas
Yungay no existe y sí existe
los ojos que contemplan Yungay no lo contemplan
y las voces que se escuchan en sus calles no son voces
sino el eco repetido de algo que ya no está
no conozco Yungay a pesar de haber recorrido sus quebradas
no conozco Yungay a pesar de haber visto a aquellos que lo
habitan
porque hay gente en Yungay
y todos ellos ingresan a tiendas y a comercios
algunos extienden mercaderías en los puestos del mercado
otros almuerzan o llegan a sus casas a dormir
todo a pesar de que no hay nada
no hay nada cientos de personas no se han dado cuenta
no hay casas donde entrar
no hay camas donde recostarse
ni mesas en que servir alimentos
Yungay es solamente un campo santo
mirando a las montañas
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II
1
-excavación silenciosa
de una tumba pequeña
en el valle de Chilca-
el arqueólogo
contempla distraídamente
el paisaje
excava
busca lo que
debajo de nosotros permanece
“los paisajes en el Perú
Son tumbas enormes y calladas”
espera
ya tiene la pequeña pala
entre sus dedos
siente la frialdad del metal y anota
“no me toca expresar
en esta brevísima libreta
lo que es que un hueso humano
se haga polvo entre mis manos”
2
por una cuestión puramente de azar
el arqueólogo ha amanecido en Ayacucho-Perú
plazuela de Huanta
la flor de la retama nace de la sangre caída
de los hombres de las mujeres de los niños
allí mismo florece
y los sinchis matan estudiantes
huantinos de corazón
el arqueólogo piensa en una arqueología de lo humano. excavar en la misma plazuela de Huanta. excavar todas las fosas comunes de la tierra y saber si seríamos capaces de perdonar.
es indispensable estudiar los patrones de esas tumbas silenciosas y disfrazar de tierra carente de muertos. el arqueólogo ha iniciado un pequeño artículo sobre el tema y ha renunciado a su proyecto del valle de Chilca. repite: “no me toca expresar / en esta brevísima libreta / lo que es que un hueso humano / se haga polvo entre mis manos”:
(de Tratado de arqueología peruana)
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